Durante los conflictos carlistas, especialmente la Primera Guerra (1833–1840), buena parte del estamento eclesiástico —y no solo el bajo clero sino también algunos obispos— se alineó con el bando carlista. Esto se debió en parte a que los sacerdotes en las zonas liberales eran objeto frecuente de persecución, lo que les llevó a buscar refugio y protección entre los legitimistas, quienes se presentaban como defensores de la tradición católica frente al liberalismo anticlerical (Dialnet).
En zonas urbano-liberales, hubo abusos y hostigamiento hacia religiosos; en cambio, en territorios carlistas, el clero encontró un ambiente favorable. Sin embargo, los casos notorios de obispos en ambos bandos fueron escasos: el peso institucional de la Iglesia favorecía mayormente una adhesión tradicionalista al campo carlista (Dialnet).
Conclusión breve
Aunque no fue común enviar obispos o prelados específicos a mediar entre bandos, el eje religioso destacó con claridad: un sector significativo del clero —incluso obispos como el de León— respaldó activamente la causa carlista, mientras que los liberales, con códigos más anticlericales, fomentaron la represión eclesiástica.