La postura actual de la CEE borra esa distinción. Ya no se trata de tolerar el error por razones de orden público, sino de proclamar un derecho igualitario de las falsas religiones, presentándolo como exigencia moral y democrática.
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El denominador común es el mismo: una jerarquía que ha sustituido el mandato de Cristo —«Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mt. 28,19)— por el mandato del régimen: «Id y defended el pluralismo religioso como fundamento de la democracia». Y así, el que debería ser pastor se convierte en abogado de la neutralidad laicista y del consenso político, aunque ello signifique equiparar la fe de la Iglesia con doctrinas que la niegan.
Recordemos a San Pío X: «Los modernistas son los más peligrosos enemigos de la Iglesia, porque la atacan no desde fuera, sino desde dentro» (Pascendi, 3).
FARO lo dijo hace dos años, y la actualidad lo confirma: la Conferencia Episcopal, lejos de ser muro de contención frente al mundo, se ha convertido en columna del mismo edificio que arruina la Cristiandad en España.